Todo lo que usted quería saber sobre un filósofo pero tenía miedo de preguntarle a Televisa.

Pedro Muñoz

 

El aire se corretea a sí mismo como dos perros callejeros. Se abre la ventana y ellos buscan su carne. Por eso cambia de dirección. Por eso el aire es viento y ahora los dos perros se convirtieron en jauría. Hocicos de viento. Carne translúcida. Ráfaga. M’hijo, sube la ventana, te está pegando todo el aire. Obedeces. Ya casi llegamos a la casa. Subes la mirada y el azul se fragmenta, se desprende, es un azul granulado, decodificado en blanco y negro. Cierras los ojos porque no soportas la intermitencia y te queda un cachorro. No tiene raza. Juega con tu mano. Dios mío, m’hijo, ¿qué chingados te metiste?


¿Cuáles serían sus habilidades más singulares? Probablemente masturbarme e imitar a la gente. Fascinante, ¿al mismo tiempo? Si es necesario. Me imagino que esto fue crucial para determinar la licenciatura cursó, que sería. Filosofía. Claro, ¿cómo no lo vi antes? Francisco Vargas, sentado, limpiaba el sudor de sus manos en sus pantalones de mezclilla. Veía el suelo. Lo que sigue es fundamental para completar su perfil: ¿Cuál es su mayor miedo? Tengo dos. Diga. El primero sería que alguien me escuchara hablar conmigo mismo en la calle. ¿Y el segundo? Llevar a una mujer a mi casa y que descubra mis wipes para las hemorroides. Un miedo completamente racional. ¿Gracias? Muy bien, Francisco, regrese mañana al estudio a las cuatro de la tarde y dos horas después saldrá al aire. Hasta mañana.


            Al fin. Después de semanas de incertidumbre, Francisco Vargas se revelaba como uno de los concursantes en el show televisivo 12 Amores. Todos los años en los que el celibato secular se había impuesto a través de las condiciones materiales en su vida, estaban a punto de alcanzar su redención. No era que él padeciera de alguna deformidad que vaciara su cuerpo de cualquier contenido estético, sino que su personalidad era una disparidad mediocre. Mientras hablaba de la muerte como una inminencia y como el primer condicionante de la humanidad entera, podía pasar horas gritándole a su madre que el jabón de barra que le compró no era de la marca que él había pedido. Sí, Francisco aún vivía con su madre y ella se encargaba de las compras domésticas; porque, aunque él trabajaba diario dando clases en la universidad, su sueldo se lo gastaba en el transporte público y en unos burritos de frijol para comer entre clases que siempre le activaban la colitis.


            Pero esta semana era una excepción, tenía que ser memorable, por lo que estuvo ahorrando en su transporte tomando una ruta que tardaba cuarenta minutos más en dejarlo cerca de su casa pero que sabría que daría resultados. Señor Vargas, ya le dije usted no necesita un examen de próstata, apenas tiene treinta y dos años. Tengo un amigo que tiene cáncer desde los veinticinco. Es más probable que yo me gane la lotería dos años seguidos, señor. Pues a mí simplemente me importa mi salud, doctor. Es que esto es completamente innecesario, incluso aquí en las Farmacias Similares existen métodos más nuevos para diagnosticar la inflamación y el posible cáncer de próstata. Todo el mundo sabe que lo clásico, en cuanto a medicina, arroja los mejores resultados. A ver, señor, usted ya se ha realizado el examen tres veces en los últimos seis meses. Pues en este momento soy un paciente que se interesa por su salud, llámeme hipocondriaco pero no saldré de aquí sin haber realizado ese examen. Momentos después Francisco Vargas salía del consultorio del Doctor Simi con un tipo de sonrisa que nunca conoció Schopenhauer.


            Teléfono. No manches, Paco, te la rifaste. ¿Quién te dijo? Era Salvador, el único amigo de Francisco, se conocieron en el kínder porque las madres se intercambiaban las recetas de cocina, medio para compartir el conocimiento culinario, medio para competir. Salvador limpiaba los baños de un prostíbulo en el centro de la ciudad, era el tercer prostíbulo en el que trabajaba este año. Sus anteriores empleadores lo habían despedido porque tenía la costumbre de llegar con una rosa y declamarle el mismo poema de Neruda a diferentes prostitutas: “No estés lejos de mí un solo día”. Órale, ya callen al pinche joto. Otra vez con tus chingaderas, cabrón. Disculpe, señor, es que. ¿Es que qué?, todas las viejas se asustan cuando sales con tu flor y hablando como pendejo. ¿La razón para la extravagancia? La neta todas las morras ahí están súper bien, Paco, uno se queda todo tarado nada más de verlas. ¿Y el poema? Pues eso es para enamorarlas, también la rosa, ¿crees que se enamorarían de mí si les pago por estar conmigo?, me convertiría en un cualquiera, y eso nunca. ¿Pero por qué buscas morras ahí si siempre te va mal? Te digo que todas están sabrosas, Paco, neta que parecen hechas para la tele las canijas, y si las puedo enamorar ya tendría todo, imagínate andar con una morra buena que te quiere. Estaría bien.


            Escuchas ruido. Te acuestas bocabajo. Tu cama es una lancha que hace tiempo aprendió a volar. Ay, m’hijo, despiértate, necesito un favor. Le das la espalda a tu madre. M’hijo, no mames. ¿Qué pasó? Es que los vecinos tienen fiesta y hay unos pinches chamacos cogiendo en la cajuela del carro. Das la espalda de nuevo. Te agitan. M’hijo, hazme el favor, ve a decirles algo. Ve tú. No puedo, ya estoy en pijamas, además yo te tengo bien cuidado porque sabrá Dios qué chingados te metiste. Sigo mal. Pero no mames, llevas todo el día así, ¿cuándo vas a hacer algo por mí? Ahí voy. Yo sabía que m’hijo no me iba a decepcionar, nada más mójate la cara un poquito.


            Te levantas. Te pones los tenis para correr porque probablemente sean unos adolescentes pero es mejor que diga “aquí corrió” que “aquí murió”. Te tropiezas, miras hacia abajo. Maldito Hegel. Te recargas en la pared fuera del baño. Sudas. Tratas de abrir la puerta y la perilla es la nariz de un payaso. Tu mano derecha se resbala. Tu mano izquierda se resbala. Simultáneamente se resbalan. Usas tu camiseta. Al fin logras abrir la puerta. Abres la llave y crees ver algo en la regadera. Un alacrán y dos cucarachas, peleando. ¿Qué armas tiene una cucaracha? Cierras los ojos. Los abres. Viene el aguijón. Vuelas, aterrizas. Le dices a tu compañera que vaya al otro extremo. Que espere el aguijón y que lo esquive. En ese momento tú tomarás al escorpión de su cola, volarás y lo sacarás por la ventana. Y ahí va ella. Llama la atención. Llega el golpe y. Nada. No voló, se le olvidó cómo. El alacrán la inoculó de muerte y ella todavía se retuerce, todavía mueve sus patas y las extiende. Me lleva la chingada. Mientras estás inmóvil porque te han quitado a tu compañera, con la que compartías migajas luminiscentes, con la que volabas sobre la mierda y quedaban intactos, te atraviesa también el aguijón, sientes un ácido invasivo. Vomitas y le bajas al escusado. El agua sigue corriendo, aprovechas para hacer gárgaras. Te acuestas en el baño. Tocan. M’hijo, ¿ya hablaste con esos cabrones? Voy.


            ¿Entonces qué?, ¿no quieres caerle a mi casa para agarrar cura? Y pues que no sé, tal vez, mañana me levanto temprano pero que hace tiempo que no sales de tu casa entonces que es cierto y siempre sí, y llegó Francisco y Salvador sacó unas cheves diciendo que era la mejor que había tomado en años. Tomó un trago y.


            Oigan, ya no estén cogiendo encima del carro, por favor. ¿Qué dices? Es que es de mi mamá y luego se agüita. Él saca su miembro. Ella sigue en el carro tocándose.


Se sube los pantalones y se los abrocha. Tú has empezado a contar las estrellas. Recto. Caes. Tratas de levantarte. Caes tú solo. Intentas de nuevo. Jab, recto, jab, recto. Quieres llorar porque un morro de quince años te está golpeando. Ya estás en dos pies. Upper al estómago. Te sientas, te tienes que sentar. Ella se sigue tocando, parece que se excitó más. Él regresa con ella para terminar y tú entras. ¿Qué pasó con las clases de karate a las que te había metido tu mamá cuando eras niño? Quedaron enterradas. M’hijo, ya hablaste con los muchachos. Sí. Qué bueno. Tu madre terminó su cereal.
            Subes. Duermes.
            Al día siguiente llegas al programa, te dicen que tienen que hacer doscientas lagartijas con el brazo izquierdo para poder pasar a la siguiente ronda. De alguna extraña forma lo logras, claro que lo logras, eres capricornio, ustedes son bastante aguerridos cuando ven un reto, y vaya que hay un reto, la géminis hace tiempo que te ve detenidamente y sonriendo pero, aunque ella casi no te ha volteado a ver, la piscis te llama mucho más la atención. Después te toca bailar una canción de jazz adaptando el pasito duranguense a su ritmo, lo logras. Llevar a gatas, mientras estás en una piscina de lodo y en ropa interior, un condón inflado en la boca hasta el siguiente concursante para demostrar que tu masculinidad (concepto que siempre has considerado como una invención pragmática), no depende de las cosas que hagas, sino de lo que tú piensas que eres.


            Finalmente eres el ganador y te toca escoger el premio, escoges a la piscis y sabes que ella solo quería hacerse la interesante porque está igual de explosiva que tú, le recoges el cabello negro que contrasta con su piel blanca, la tomas con las dos manos, la acercas y. Ay, m’hijo, chingada madre, sigues todo apendejado, ya no beses la televisión, mira ya casi es hora de que salga Salvador en el programa, fue muy buena onda de ti que le dieras tu lugar en 12 Amores porque estabas todo malito, ojalá gane él, siempre le va como en feria, ¿por qué estás llorando, m’hijo?, no mames, no vuelvas a vomitar.

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