Arte04 Arte y Fisiculturismo

Alejandro Espinoza Galindo

Digamos que soy un entusiasta siempre entusiasta y nunca completamente conformado al estilo de vida de aquellos que se dedican al fisiculturismo. Simplemente no se me da, o por lo menos, no tengo en mi historial genético los suficientes antepasados visigodos (o indios yaqui) como para convertirme en uno de esos especimenes que se dedican a hacer pesas y a hacer pujidos enseguida de sus compañeros de batalla, y que luego se reúnen los viernes en las partes menos iluminadas de las barras de los antros con todo y músculos y se preguntan porqué las mujeres no se derriten por ellos. Quizá Hegel tenía razón, hay algo más allá de la aparente belleza perfecta. Pero no creo que los fisiculturistas lean a Hegel. (Esto no es nada contra los fisiculturistas. Es contra Hegel.)

Hago mi luchita, pero siempre termino sumamente agotado, porque aun no sé cómo economizar y capitalizar la energía que gasto en el gimnasio. En el inter, me mantengo con la misma frustrada composición física media. No obstante, después de ir al gimnasio, sonrío un poco más cuando me veo al espejo. Y aparte, creo entender de qué se trata todo esto de hacer ejercicio en un gimnasio (opuesto a correr en pista/andar en bicicleta, que es de un solipsismo casi enloquecedor). Eso de cultivar el físico tiene un enorme parecido con el trabajo del artista.

Y es así como bajo esta tónica presento a continuación, una serie de semejanzas entre el trabajo artístico y el trabajo fisiculturista:

 

1. Ambas actividades son aparentemente desinteresadas. Digo, el artista y el fisiculturista no hacen lo que hacen precisamente para ganar mucho dinero. Hay una suerte de aspiración a “grandeza”, pero no necesariamente va ligada al ímpetu inicial de realizar una obra artística/levantar todos los discos que encuentres en el gimnasio: ambos son “actos de fe”. Todavía no estoy muy seguro hacia dónde va encaminada dicha fe.

Esto trae a colación también que ambas actividades, por decirlo de algún modo, no son considerados “oficios” formalmente hablando. El artista y el fisiculturista desarrollan un trabajo a pesar de que no hay una instancia en la sociedad que los legitime. La sociedad, por otro lado, no es que devalúe el trabajo de ambos; es sólo que no sabe exactamente qué hacer con ellos. Respeta al artista al igual que al fisiculturista con una especie de admiración renuente hacia una labor extenuante que gasta energía (diferente en ambos casos), y “valora” el trabajo, el esfuerzo, y hasta en algunos casos, lo envidia (sobre todo por la cuota de libertad/compromiso que conlleva ambos trabajos). Pero simplemente no está dentro del marco de las “aspiraciones de vida” de la mayoría de las personas. Aquí vemos una extraña relación entre el aficionado a la pintura (por ejemplo: la persona que suele hacer pintura meramente decorativa, que le gustan los paisajes y le tiene una especial admiración a Monet) y el aficionado al gimnasio. Por lo regular, en ambos casos (y esto es lo extraño) se trata de mujeres de entre los cuarenta y cuarenta y cinco años, que entran con todo el ímpetu al ejercicio/trabajo pictórico, pero que no irán más allá de una propuesta física/artística aficionada.

 

2. Ambas actividades se realizan/presentan en espacios estética y visualmente acomodados para presentar el resultado de los esfuerzos. Los gimnasios siempre están provistos de espejos para ver las obras que los fisiculturistas hacen con su cuerpo; las galerías están provistas de espacios en blanco para presentar las obras que los artistas hacen con su cuerpo, a través de un medio, y que se convierten en un espejo/reflejo de lo que ocurre en sus procesos creativos. Son procesos de socialización distintos. Pero los tipos de chismorreos que podemos escuchar en ambos espacios no son muy disímiles.

 

3. Ambas actividades son narcisistas. Lo que prima en la actividad artística y la actividad fisiculturista tiene que ver con el yo. El enfrentamiento del yo ante distintos tipos de circunstancias (espirituales, divinas, embellecedoras, autorreferentes). El artista y el fisiculturista reconocen sus propios procesos de crecimiento (físico en uno, mental en el otro, estético en ambos), y parecen ser sólo de la competencia de él o ella misma. Hay minucias en el trabajo con el cuerpo que sólo detecta quien realiza el ejercicio, hay minucias en el trabajo artístico que sólo detecta el artista; asimismo, estas minucias también reflejan, en ambos casos, la percepción que dichas personas tienen con respecto a sus cuerpos/sus habilidades o propuestas artísticas. Hay una enorme contradicción en el desarrollo de ambas actividades, relativo a esto: ambas son alimentadas por una suerte de baja autoestima combinada con un enorme egocentrismo. El fisiculturista rinde culto a su cuerpo porque la percepción que tiene de sí mismo no corresponde con lo que su ego le dicta, por lo tanto, ensancha su pecho y espalda y aumenta sus bíceps para poder conformar ese yo que se encuentra en su ego; por otro lado, el artista rinde culto a sus habilidades artísticas porque la percepción que tiene de sí mismo, pero con respecto a su entendimiento de la realidad, no corresponde tampoco con lo que su ego le dicta, por lo tanto, produce obras que enfrenta a los espectadores a esa visión magnánima que tiene de sí mismo con respecto a la realidad (si se trata de un artista lúgubre, las imágenes que produce lo reflejan; si es introvertido, produce a partir de un sentimiento de insatisfacción, porque no logra comunicar lo que quiere, si es extrovertido, anuncia a los cuatro vientos hasta el más mínimo de sus gestos artísticos).

 

4. Ambas son prácticas que tienen poco apoyo de las instituciones. Las instituciones son paternalistas con el desarrollo de ambas actividades, los fisiculturistas y los artistas se sienten incomprendidos porque las instituciones no brindan los apoyos requeridos; igual que los espectadores, las instituciones siempre sostienen un discurso de veneración y respeto ante la práctica, escondiendo un discurso latente que comunica un sentimiento de franco disgusto en torno a lo que significan dichas actividades. Ofrecen el mismo rostro que ofrecen los papás cuando ven el nuevo corte de cabello de sus hijos: las instituciones alivianadas los “toleran”, las instituciones pasivas hacen caso omiso, las instituciones represivas otorgan castigos y ofrecen advertencias si en algún momento se les ocurre volver a cortarse el cabello así. Esto trae como consecuencia que los artistas y los fisiculturistas son vistos como “freaks” por las instituciones: en el caso del fisiculturismo, debemos admitir que una persona cuyo trabajo físico transformó radicalmente su cuerpo (pensemos en las mujeres que terminan con cuerpos de galgo ruso; pensemos en los hombres que terminan con músculos tan enormes que no sabemos cómo le hacen para sentarse, a no decir de otras cosas) es percibida con una suerte de admiración/repulsión incómoda. Lo mismo sucede cuando estamos frente a la obra de un artista cuyas resoluciones plásticas-conceptuales-estéticas se encuentran tan alejadas de un entendimiento sensato y comunicativo, pero al mismo tiempo son tan inevitables de ver, que sucede el mismo tipo de sentimiento encontrado. Esto me hace pensar en Matthew Barney, cuya propuesta artística, curiosamente, establece una relación penetrantemente aguda entre el cuerpo atlético y el trabajo artístico (aunque, debo aclararlo, no fue el detonante que me hizo pensar en esta relación).

 

5. Los dos ámbitos han desarrollado un grado de especialización pormenorizado, profundo, amplio, científico y analítico sobre su práctica. Esto quiere decir que forman un campo o ámbito específico, para el cual el grado de acceso de la sociedad en general se contrapone al nivel de profundización que ejercen sus practicantes.

Digamos que un fisiculturista lleva años haciendo todo tipo de ejercicios encaminados a dinamizar las condiciones de sus pectorales. Conoce y estudia los últimos avances en rutinas, dietas, suplementos alimenticios y medicamentos varios que le permitan tener un pecho fuerte, dúctil y absolutamente grandioso. El espectador común observa la construcción que esta persona estuvo realizando en un tiempo determinado, a base de movimientos anatómica, ergonómica, física y hasta psicológicamente medidos para lograr su objetivo. Este espectador no conoce el proceso, la precisión de los movimientos, todo el bagaje de conocimientos que llevaron a este fisiculturista a obtener un pecho de animal rugoso. Sólo ve a una persona con pectorales enormes, casi imposibles de creer que pudiera portar un cuerpo humano. Juzga a partir de lo que observa, llega a conclusiones, no erróneas, pero sí basadas en un cierto desconocimiento del proceso, del cálculo y de la prospectiva que el fisiculturista sí conoce. Este espectador concluye que la persona está loca si piensa que ese pecho es humanamente viable. El fisiculturista simplemente descarta al debilucho espectador común y dice “lo que pasa es que es más complicado que eso. No lo entenderías.”

Algo similar sucede con el grado de especialización del discurso y planteamiento de una manifestación artística actual.

6. Y finalmente: los resultados, en ambos casos, y aunque al parecer son indirectamente proporcionales en términos de lo que sucede con dicha práctica en el tiempo, forman una suerte de presencia digna del artista y del fisiculturista con el paso de los años. Un fisiculturista, a la edad de sesenta años ¿cómo tendrá su cuerpo? El conjunto de obra de un artista multidisciplinario de la actualidad, ¿cómo envejecerá?

Los fisiculturistas del pasado son vistos con una suerte de veneración y de posible ternura, por la mirada del fisiculturista actual. Observan los cuerpos que en un momento fueron perfectos (pienso en Charles Atlas, pienso en Arnold Schwarzeneger, pienso en el actor que interpretó a Hulk en los ochenta) y detectan las minucias de imperfecciones que el fisiculturismo hoy en día ya superó. Por otro lado, un artista de performance –por citar un ejemplo— percibe igualmente con veneración –y ternura—el trabajo de performance de hace unos treinta años. Puede reconocer en los antepasados de la práctica una suerte de ingenuidad, y detecta las minucias de imperfecciones de forma, estilo y contexto que el performance hoy en día ya superó (lo acepto, esto es discutible, pero al mismo tiempo posible) todo lo cual lo hace pensar que la práctica actual del performance es una versión más refinada, más nítida, más efectiva, de lo que fue en el pasado. Esto produce, sin embargo, un manierismo, no necesariamente un contenido rupturista o transformador.

¿Cuál es el punto de todo esto? Aun no lo sé. Sólo se trata de una detección, de las particularidades y líneas de asociación entre dos esfuerzos, dos prácticas y dos actividades humanas aparentemente inversas, en sus propósitos y en su sentido. (Aparte, es divertido pensar que entre los fisiculturistas y los artistas existe una relación).

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