Monterrey huele a calor, a polvo
Extracto de entrevista a Eduardo Antonio Parra realizada el 5 de febrero de 2016
Por Luis Felipe Lomelí

¿Qué es la lejanía?
-No sé, como que es…
                Parra mueve hacia atrás la cabeza, la espalda, todo él toma distancia como si quisiera poner su vista o su memoria allá lejos.


--…Tiene que ver con la nostalgia. En una cuestión personal yo te diría que, como de niño –creo que te pasó a ti también-, nos traían de arriba pa’ abajo y de ciudad en ciudad: siempre dejabas a los amigos en la lejanía, siempre dejabas a la querencia en la lejanía. Y, cuando comencé a escribir, uno de los primeros temas que abordé fue el de los migrantes, los migrantes que querían ir al Otro Lado, y pues ellos también tenían esa lejanía siempre. O sea: un lugar alejado como que era al que miraban cuando perdían la vista, así, digamos, sin ver nada, pero en realidad como que estaban viendo su pasado, estaban viendo el lugar donde habían dejado todas sus querencias, donde habían dejado todos sus cariños. Yo creo que por ahí va.
Estamos en Comala, en un café a dos cuadras del jardín principal con la estatua de Rulfo sentado sobre una banca. Para ningún lector de Parra es novedad su influencia rulfiana ni su gusto por los temas rurales.
--Si te pidieran dibujar el horizonte, cómo lo dibujarías.


-- No sé. Pero siempre he pensado que me gustaría así: como que tuviera algunas lomitas. Pero muy desértico. No sé, será porque son los paisajes que yo reconozco desde niño. Quizá, cuando mucho, las lomitas tendrían zacate. Y, bueno, no sé por qué siempre me imagino dos o tres lomas pero con una especie de vértice donde todavía se va más hasta el infinito.
                Parra rehúye las respuestas categóricas. Felipe Montes, miembro del mismo grupo regiomontano de escritores al que perteneció Eduardo en los 90, El panteón de la novela, afirmaba que él no podía escribir fuera del cobijo de las montañas de Monterrey. Pero Parra ya lleva años viviendo en una megalópolis: la Ciudad de México.


--¿Qué significaría para ti tener unas tierritas, tener un rancho?


--Fíjate que sí me gustaría, me gustaría mucho. Yo pasé la infancia en Linares, Nuevo León. Entonces ahí de casi todos mis compañeros sus papás eran dueños de huertas, de ranchos ganaderos o lo que sea. Y nos la pasábamos en los ranchos. Para mí es casi casi la versión del paraíso. Cada vez que recuerdo yo la infancia en Linares, digo, yo creo que fue la mejor época de mi vida. Y además me encantaba la vida campestre, me encantaba la vida: íbamos cuando herraban a las vacas, cuando herraban a los toros, cuando los castraban, cuando los bañaban, todo eso: íbamos a cada rato al río a nadar. Todo ese tipo de cosas me gustarían y pues no sé, a lo mejor sería un sueño: ya de viejo tener una tierrita aunque sea chiquita y ahora sí que, como Vito Corleone, cultivar tomates.


--¿Neta tomates?


--Sí… No. Lo que sea ¿no? [se ríe]. Sabes qué me gustaría: un gallinero. En mi casa en Linares teníamos gallinero y teníamos un chingo de gallinas, teníamos guajolotes, chivos y cuanta madre. Que era parte de la cultura bárbara y de la herencia bárbara, porque jugabas con la pinche gallina o con el chivo y luego te lo comías y ya [se ríe].


                Desde una perspectiva ambiental se podría dividir a los autores entre los que han tenido algún contacto cercano con la naturaleza desde la infancia y quienes crecieron en un entorno casi enteramente artificial (aunque luego se vuelvan ecologistas y veganos y se vayan a vivir en medio del monte). Sus ideas sobre la vida y la muerte tienen diferentes puntos de partida:


-- Nunca me dejaron matar. Pero siempre que mataban, yo estaba ahí pegadito. Lo único que llegué a matar fue una gallina. Pero, por ejemplo, yo quería matar a los chivos que eran un poco más grandes y nunca me dejaron. Pero siempre estaba yo ahí en primera fila viendo y todo esto: bueno, pues ya mataron a Panchito, ahora a ver qué tal sabe [se ríe].


                La referencia a los chivos me hace pensar en El último lector de David Toscana, también perteneciente a El panteón, ahí cuando el personaje mira de frente al chivo, a los ojos, mientras hunde el cuchillo.


--Si te lo digo ahorita puede parecer una zonzada, una fanfarronada, pero estoy convencido de esto: sabían más rico porque los conocías [risas]. Yo nunca tuve problemas, así, de que no me lo voy a comer porque jugué con él. No, no, no. Nada de eso. No: yo me lo comía y sabía que los animales eran para comerse. Igual: yo siempre he tratado como algo distante a las mascotas, ¿por qué?: porque soy de pueblo. En los pueblos los perros son perros, no son hijos. Y además están ahí porque tienen que chambear, son perros guardianes.


                Los animales crecen y mueren, te los comas o no. Las plantas parecen eternas, pero nacen.
--¿Qué te provocó ver crecer una planta, que de la nada que se vuelve inmensa?
--Yo creo que orgullo. O sea, porque decías “eso lo pusimos nosotros” y de repente “mira, ya está más grande” y “mira, ya está más grande” y de repente “mira, ya me puedo trepar en él”. Cosas así. Es una satisfacción… interesante. Yo creo que nunca la racionalicé pero sí había cierto orgullo, decía “pues éste es mi árbol”. O, incluso aunque no los hubiera plantado yo, yo escogía mi árbol en la casa y decía “éste es el mío y aquí voy a jugar yo y nada más me subo yo”.


--¿Te acuerdas cuál era?


--Era un aguacate. Era un aguacate con un tronco bastante grueso y entonces yo me podía subir hasta mero arriba.
                Y otra vez la novela de Toscana, que no sucede en Linares sino en Icamole y nosotros estamos en Comala donde, más allá del primer cuadro de empedrados y paredes blancas, están las huertas con cafetales y tamarindos, con carambolos y maracuyá. Desde este entorno todo el desierto es evocación, aromas.


--¿A qué huele la tierra?


--Fíjate que, otra vez, regreso a las raíces norteñas aunque no están mis raíces realmente allí. No huele a nada. La tierra huele como a polvo, como a sol. Eso es lo que siempre me ha pasado. Me pasa, y supongo que te pasa a ti también, que cada vez que viajas al norte, desde el momento en que se abre la puerta del avión dices [e inhala fuerte]: “estoy en casa”.


--¿Y a qué huele Monterrey?


--A calor. A polvo. A sol. Alguna vez, creo que leí una explicación muy fregona de Ricardo Elizondo Elizondo. Decía que el norte, sobre todo el norte desértico, es una de las zonas más limpias del mundo. Dice: “no huele a nada”. Dice: “no hay putrefacción porque no hay humedad”. Dice: “entonces por eso no hay olores”. Entonces el olor es simplemente… en cuestión de olores yo reconozco los olores de la infancia y los olores/ bueno, de la infancia, cuando vivía en Linares pues olía a azahar. Pero el olor del desierto se me figura como cuando en Luvina dicen “-¿Oyes eso? -¿Qué es? –Es el silencio.” El olor del desierto es el olor sin olor.


                Y entonces hablamos del silencio, de lo que se escucha en el silencio, porque “de repente oyes algún rumor y sabes que puede ser un alacrán”.

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