¿Qué significa hacer estudios de género en humanidades desde una universidad mexicana contemporánea? A propósito de Estudios de género. La perspectiva de las humanidades en México (2015).

Mario Alfredo Hernández Sánchez,
Universidad Autónoma de Tlaxcala

Los ensayos que articulan el libro Estudios de género. La perspectiva de las humanidades en México, coordinado por Carmen Cuecuecha Mendoza y Elizabeth Jaime, se agrupan en cuatro núcleos conceptuales: “Mujeres y escritura”, “Historia de las mujeres”, “Mujeres y cuerpo” y “Rompiendo moldes”. Cada uno revisa, por una parte, el estado actual del feminismo como teoría crítica que cuestiona la construcción de los saberes tradicionales exclusivamente desde una perspectiva androcéntrica y patriarcal; pero, por la otra, también la perspectiva de género que se asocia con estos núcleos articula un modelo de construcción de los saberes humanísticos que es consciente de los sesgos androcéntricos y patriarcales y que, al mismo tiempo, muestra la posibilidad de transversalizar los hallazgos del feminismo en relación con la igualdad que debería privar en los espacios institucionales y las dinámicas académicas donde se producen dichos saberes.


En primer lugar, está el núcleo “Mujeres y escritura”, cuyos ensayos plantean de manera conjunta la pregunta acerca de la actualidad de la relación expresiva y creativa entre la literatura y el feminismo, entendiendo que las experiencias concretas de discriminación que experimentan las mujeres quizá sólo puedan aprehenderse adecuadamente si se recupera la textura moral de las narraciones en que su subjetividad se despliega. Este término ha sido acuñado por María Pía Lara para significar el ejercicio de reflexividad que ocurre cuando quienes no tienen la experiencia directa de la desigualdad de género se enfrentan con las narraciones en que se despliega la subjetividad de las mujeres, ya sea como autoras o como personajes que ejemplifican las dificultades inherentes a la construcción de la identidad femenina en un contexto que invisibiliza la discriminación y naturaliza la violencia hacia ellas. Esta textura moral de las narraciones que se despliegan en el espacio público y que configuran los lectores con sus interpretaciones y discusiones referidas a las mujeres y los obstáculos estructurales que enfrentan para el ejercicio de sus derechos, precisamente, se resume en la fórmula que Hannah Arendt recupera de Karen Blixen: “Se puede soportar todo el dolor si se lo pone en una historia o se cuenta una historia de él. La historia revela el significado de aquello que de otra manera seguiría siendo una secuencia insoportable de meros acontecimientos”. Con este propósito, es decir, para hacer una revisión crítica y colectiva del generalmente doloroso y tortuoso proceso de construcción de una identidad femenina que responda de manera simultánea a las demandas de la autenticidad y la autonomía, es que las autoras que escriben en esta sección del libro convocan a literaturas tan disímbolas como las siguientes: Ana Rosa Domenella utiliza a Rosario Castellanos, Margo Glantz y María Luisa Puga; Carmen Cuecuecha, a Elena Poniatowska, Angelina Muñiz Huberman y, de nuevo, Puga; Merari Ruíz Cárdenas, a Francisco Luis Urquizo Benavides; Analhí Aguirre, a Josefina Vicens; Gloria Hiroko Itto, a Ingebor Bachmann, y Rosa Estela López y María Esperanza Rodríguez, a Violeta Parra, junto con las neurociencias y la psicobiología. La lectura en conjunto de estos ensayos articula una respuesta positiva a la referida pregunta acerca de la actualidad de la relación entre la literatura y el feminismo: no solamente necesitamos otorgar –por fin– la paridad en el espacio público a las narraciones hechas por y sobre mujeres, sino que tenemos que hacerlo de una manera que nos interpele críticamente en relación con la construcción de una cultura democrática que sea sensible y porosa a los reclamos de inclusión y reconocimiento formulados a partir de la textura moral de este tipo de narraciones.


En segundo lugar, está el núcleo “Historia de las mujeres”, cuyos textos gravitan en torno a una cuestión fundamental: ¿qué parte de la objetividad y la pluralidad del relato histórico se pierde si sólo se toma en cuenta la dimensión afectada por las acciones y las interpretaciones en las que los varones tienen el protagonismo?  Tradicionalmente, la historiografía ha soslayado esta cuestión en la medida que no se ha preocupado lo suficiente por aprehender el pasado y sus explicaciones causales para dar relevancia –también– a los procesos históricos en los que intervienen las mujeres, ya sea como protagonistas, como personas condenadas a la pasividad por la represión patriarcal o como narradoras de esos mismos procesos. De nuevo, como señaló Hannah Arendt, el problema con una manera autoritaria de construir el relato histórico es que se hace aparecer como necesario aquello que sólo es contingente, y que responde a una lógica de dominación. Ella dictaminó que el enfoque historiográfico que hizo posible el totalitarismo, y que está latente aún en una modernidad que no se observa críticamente así misma, es uno que desestima los puntos de vista considerados como periféricos, las narraciones formuladas desde la particularidad a veces identificada con la excentricidad y la enfermedad, así como la deconstrucción de las posiciones de poder para revelar que sus razones –de manera paradójica– son irracionales y arbitrarias. Arendt creía que el relato histórico, al contrario, tenía que ser plural más no populista, objetivo pero no al costo de anular las narraciones sobre la experiencia del tiempo que fueron desestimadas por la mirada patriarcal. Más aún, ella pensaba que la única objetividad que podía lograrse en el dominio de la historia era una que resultaba del cruce de miradas sobre el pasado y de la diversidad de subjetividades a la hora de narrar lo ocurrido. Así, la tarea del historiador, como aquel pescador de perlas del pasado que Arendt identificaba con Walter Benjamin, sería colocar la misma historia contada una y otra vez, pero ahora bajo una luz novedosa, crítica y plural. Esta tarea, quizá, lo primero que revelaría es que la historia casi siempre la cuentan los patriarcas vencedores, y que también casi siempre esto significa silenciar las voces de las mujeres o de quienes relatan los fragmentos del pasado en que ellas aparecen como algo distinto de irracionales, confinadas al espacio doméstico o sin la capacidad de articular una voz propia para cuestionar la manera en que la sociedad las observa como ciudadanas de segunda clase. Creo que una visión así de la historia es la que se deriva de la lectura en conjunto de los ensayos de este segundo núcleo temático: así lo demuestra la recuperación del papel de las mujeres en la dramaturgia durante la época colonial que hace Yolanda Jurado Rojas; un afán similar es el que mueve a Alejandra Palafox Mennegazi a analizar el papel de los profesionales de la medicina en México, durante el siglo XVIII, en relación con la perpetuación y reproducción de la opresión asociada a la virginidad; en un sentido igualmente crítico, Rodrigo Vega estudia el papel de las mujeres, de manera concreta las profesoras normalistas de la Ciudad de México a principios del siglo XX, en la construcción del conocimiento científico; finalmente, Elizabeth Jaime visibiliza y analiza el papel de la prensa de oposición hecha por mujeres en las postrimerías del porfiriato, y la manera en que ellas fueron fundamentales para la generación de redes de comunicación y propaganda revolucionaria.

A continuación, está el núcleo “Mujeres y cuerpo”, que de manera general plantea la cuestión acerca de la vigencia de la tradicional separación de los espacios público y privado, dado que dicha escisión hace que los cuerpos de las mujeres sean objeto de exaltación, sometimiento o penalización, dependiendo de si ellas se apropian o no de un esencialismo que es arbitrario e impuesto desde una mirada patriarcal. A partir de este cuestionamiento, resulta problemática la construcción de las identidades y corporalidades que aparecen de manera diferenciada en los espacios público –destinado al despliegue de una racionalidad política que se asume como esencialmente masculina– y privado –el cual se piensa es el ámbito para el ejercicio de las virtudes asociadas a la maternidad. Más aún, esta dicotomía hace que se pierda de vista el surgimiento de un nuevo espacio al interior de la esfera privada, que es el ámbito de lo doméstico. Éste estaría tejido por una serie de significantes que convierten a las mujeres en depositarias de una tradición que exalta las virtudes asociadas al cuidado del hogar y la reproducción en su dimensión biológica. Por supuesto, esta visión idealizada del espacio doméstico no da cuenta del carácter injusto de la doble jornada laboral para las mujeres, de la violencia que allí ocurre y que se asimila a los usos y costumbres ancestrales, así como tampoco explica la dinámica de interiorización de los prejuicios de género. El resultado es que los cuerpos de las mujeres son reducidos a su condición biológica, ya sea en su dimensión reproductora de la vida o como satisfactores de los deseos sexuales de los varones, y en ambos casos se construye una cultura pública que legitima y naturaliza estas prácticas violentas. En esta línea de reflexión es que podemos leer los siguientes ensayos: el de Claudia Paz Román acerca de las estrategias creativas de sobrevivencia de las mujeres en reclusión; el de Ángel Christian Luna Alfaro sobre la dinámica de la prostitución en Puebla; el de Claudia Ramírez Martínez, que trata de la discriminación hacia las mujeres y cómo esto condiciona su acceso al deporte y la cultura física; el de Iraís Ramírez y Patricia Guillén Cuamatzi, sobre la percepción que los docentes varones tienen de su trabajo y la manera en que con esto contribuyen a la construcción de un espacio para la socialización de valores que no son sólo académicos, sino también de convivencia democrática; y, finalmente, está el ensayo de María Cristina Castro y Laura Aurora Hernández acerca de la manera en que las publicaciones periódicas y populares para adolescentes en México contribuyen a perpetuar esa visión de los cuerpos y las subjetividades de las mujeres como un producto que tiene que ser vendido al mejor postor, aunque en el camino se vulneren derechos y se condiciones una autopercepción de ellas como valiosas sólo en la medida que son un objeto apropiable por el varón.
Finalmente, está el núcleo “Rompiendo moldes”, que retoma la cuestión acerca de la vigencia de la división de los espacios sociales estructurados para ser habitables por hombres o por mujeres, pero para llevarla al terreno de la filosofía y la concepción de una razón que crea y legitima espacios discursivos en los que a veces se visibilizan y a veces se invisibilizan los derechos de ellas. Es decir, este núcleo plantea la pregunta acerca de la pretendida inocencia de la filosofía en relación con una razón que ha construido la universalidad de sus planteamientos a partir de la anulación de las diferencias de género. Éste es, precisamente, el reclamo que los feminismos de la igualdad han planteado a las teorías de la justicia: necesitamos, efectivamente, esquemas de justicia y de racionalidad deliberativa que produzcan acuerdos que protejan los derechos de todos y todas; pero no queremos que en el camino se deje de reconocer que la Ilustración y sus promesas de emancipación y reconocimiento no fueron formuladas –de origen– en un lenguaje inclusivo y sensible a las discriminaciones fundadas en el género. El riesgo de pensar acríticamente que el universalismo de la razón genera de manera automática saberes y discursos en los que pueden reconocerse todas las personas implica la ilusión de que es posible construir, como señalaba Thomas Nagel, una visión desde ningún lugar; es decir, una visión donde el sujeto que conoce, que actúa y que produce saberes puede abstraerse de sus circunstancias y articular un discursos válido para todos los mundos posibles, siempre y cuando en estos habiten personas asexuadas y que no tienen que sufrir desigualdades fundadas en el género. Al contrario, el feminismo nos ha alertado en el sentido de que el sueño de la razón puede producir monstruos misóginos, y que la única forma de limitarlos y contenerlos es deconstruir a la racionalidad que avanza a través de la historia y produce saberes que, más bien, deberían alinearse con lo que Michael Rosen (2012) ha denominado la narrativa del círculo expansivo de la dignidad humana. Así, las y los autores que localizamos en este núcleo conceptual analizan problemas relacionados con las posibilidades de construir una razón verdaderamente universal que incluya a las identidades y los derechos de las mujeres. En este sentido es que Rocío Lucero evalúa –con Celia Amorós y Jeff Nalls– la posibilidad de realizar una lectura feminista de la Ilustración en la versión de Condorcet; que Liliana Fort Chávez analiza la tensión entre el contexto patriarcal y la construcción política de la ciudadanía que define nuestra moderna lectura de las tragedias griegas; que Anne Kristiina Kurjenoja nos obliga a repensar a la arquitectura como un discurso y un saber que tiene que estar también atravesado por la perspectiva de género; que Marisol varela y Laura Bety Zagoya reivindican la centralidad de las mujeres en los procesos de producción, sobre todo en aquellos que armonizan las identidades de los pueblos originarios y el ejercicio de derechos económicos y sociales, como sería el caso de la economía en torno a las artesanías; que Yolanda Castañeda propone una visión desde el género sobre los nuevos enfoques de victimología, para visibilizar la forma en que nuestro sistema político produce procesos de victimización y revictimización cuando no sólo se toleran las violaciones estructurales y graves a derechos humanos, sino que se obstaculiza la procuración de justicia para las mujeres; y, finalmente, en este apartado María Rodríguez Shadow realiza una revisión del legado intelectual de Beatriz Barba.


Para finalizar, quisiera señalar la importancia de que las Universidades produzcan una mirada renovada sobre las humanidades desde el feminismo y la perspectiva de género. Desde su surgimiento, éstas se han pensado como comunidades para la generación, socialización, aplicación y evaluación del conocimiento y los saberes especializados. Esto ha implicado relacionar en espacios delimitados física y simbólicamente a quienes poseen un cierto saber especializado y a quienes quieren contribuir a la continuidad en la cadena de producción del conocimiento. Así, las Universidades son referentes de la vida pública en la medida que se constituyen como comunidades que pueden dialogar con la sociedad civil y el Estado, y establecerse como puente y espacio de mediación, para tratar de buscar aquellas rutas que potencien la tarea de responder a los desafíos que plantea el pluralismo social. Este proceso, de manera necesaria, desarrolla el potencial crítico de quienes integran la comunidad universitaria y, también, de quienes buscan la interlocución con ésta para generar el tejido social que permita el impacto de dichos saberes en la vida pública. Ser universitario significa aparecer en el espacio público como portador de una conciencia crítica pero no rupturista, de una visión democrática pero no populista, y de una vocación de transformación social más no al servicio de intereses facciosos. Por eso es que las Universidades han sido espacios donde han germinado muchas de las luchas por la inclusión y el reconocimiento, como ha sido el caso de la teoría feminista y su herramienta de plasmación política que es la perspectiva de género. La afortunada coincidencia entre la Universidad como institución crítica y los saberes y movimientos políticos a favor de los derechos de las mujeres, permitieron desplegar en el espacio público una intuición básica pero que ha costado mucho situar políticamente: que los temas relacionados con los derechos de las mujeres no son de interés exclusivo de ellas como grupo; sino que, sobre todo, se trata de problematizaciones que pertenecen al dominio de la justicia, de la legitimidad democrática y del reconocimiento de la existencia de deudas históricas hacia ellas. No obstante, que las comunidades universitarias asuman la tarea de producir saberes sobre la diferencia sexual y las condiciones para la construcción de una cultura y una dinámica política sensible a la desigualdad de género, esto no significa que todas las Universidades sean igualmente consciente de dicha misión histórica. Por decirlo con una metáfora psicoanalítica, aunque muchas comunidades universitarias sean conscientes de su misión histórica respecto de producir saberes y dinámicas que sean sensibles al género, muchas veces los condicionamientos inconscientes asociados al imaginario patriarcal provocan actos fallidos que revelan resistencias a transversalizar la mirada de género. Por todo esto, es un hecho muy afortunado –y me atrevería a sugerir que poco frecuente– la aparición de un libro como Estudios de género. La perspectiva de las humanidades en México. Éste es una reflexión localizada en una comunidad académica particular –la de la Universidad Autónoma de Tlaxcala–, pero que también propone un modelo de reflexión integral que podría ser replicado por otras comunidades académicas que quisieran asumir con seriedad una reflexión interdisciplinaria sobre el género.

Cfr. Thomas Nagel, Una visión de ningún lugar, México, Fondo de Cultura Económica, 1996.

Cfr. Michael Rosen,

 

 

 

 

 


Carmen Cuecuecha y Elizabeth Jaime (coords.), Estudios de género. La perspectiva de las humanidades en México, México, Universidad Autónoma de Tlaxcala, 2015.

Cfr. María Pía Lara, Moral Textures. Feminist Narratives in the Public Sphere, Berkeley y Los Angeles, University of California Press, 1998.

Hannah Arendt, Hombres en tiempos de oscuridad, Barcelona, Gedisa, 1992, p. 90.

Cfr. Hannah Arendt, De la historia a la acción, Barcelona, Paidós, 1993.

Hannah Arendt, Hombres en tiempos de oscuridad, op. cit., p. 156.

 

 

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