Quimera

Miriam García Aguirre

 

Monstruo imaginario. Ese lanza llamas que oscurece nuestra imagen. Ese que se desliza sobre el escenario cotidiano recubierto de vestuarios majestuosos y acaricia con brazos de seda los objetos en la mira de nuestro deseo. Ese que se omite en la tarjeta de presentación y en la trayectoria profesional. Ese que respira acompasado a nosotros mismos y permanece anónimo. Ese que somos de manera involuntaria. También danza.


Extenderse, recogerse: prolongación fausta y sigilosa al contacto: de la piel, la mirada, el cabello o el paisaje habitado por un otro que revela la existencia propia. Reconocernos en el lenguaje, en todos ellos precipitados por el tic tac. ¿Quién violenta el reloj?
Espejo mío, ¿por qué te empañas? ¿Acaso el vaho que escapa de mis fauces te nubla? ¿Es tanto el frío que te quiebras ante la proximidad o es el reflejo tan deforme de mi cuerpo cierto? ¿Quién puede conservar la belleza en esta guerra? ¿o la inocencia?
Cada vez que las luces se apagan el público aplaude… y aguza la mirada en la oscuridad. El espacio entre un acto y otro vivido en un silencio compartido permanece sin registro. En él actuamos a la espera con la pregunta o la declaración en los labios, con la emoción circulando-nos.


Caleidoscopio es un buen nombre para quien reúne fragmentos de experiencias y procura la alquimia de la creación. El escenario es algo vivo: un sitio de composición alentado por los elementos y los sujetos, donde lo roto y lo invisible adquieren exposición. Ahí, una mujer puede ser un desierto, un desierto una civilización y las huellas de la existencia de una civilización hacerse presentes a través de una melodía. Un gesto sutil descubre un arquetipo. Cambio de escena. El mismo sujeto es otro.
En el sueño somos uno, otro, otras, otros. En el sueño el monstruo abre sus ojos infantiles, corre tras de quien ha sido sombra: es un perseguidor. En el sueño aparece otro sueño en una ventana y una bailarina es un caballito de mar en batalla: algunas veces hay que rodar y trazar el límite con la punta de los dedos o del vestido: somos hacedores de fronteras. Y por momentos, al desprendernos de la luz central, salir del cuadro y sostener ese enunciado hasta con la respiración, somos un puente entre el escenario de la realidad y el sueño.

[“Quimera”, Catalejo Danza Contemporánea. Tijuana, 28 de mayo de 2016.]

 

 

 

Agosto-Septiembre 2016 •Comité •Normas •Filosofìa •Literatura •Números Anteriores •Contacto Links
1 sjdkflflg ç