CARTÓGRAFOS DEL MUNDO NANO

Por Daniel Salinas Basave

El gran legado de Albert Einstein a la cultura popular no es esa mentada  Teoría de la Relatividad  que los simples mortales nunca comprenderemos, sino el haber patentado e inmortalizado la imagen cliché del científico loco. Einstein nos legó un estereotipo insuperable. En el imaginario colectivo, un científico es un lunático de volátil pelo blanco, bata sucia y expresión de no estar en este mundo. El doctor Emmett Brown de la película  Back to the Future  se encargó de reforzar el perfil en los años ochenta. Posiblemente en el 2014 la imagen del científico que habita en  nuestras fantasías esté inspirada en Walter White de la serie Breaking Bad. Cierto, le falta el elemento pelo blanco, pero lo compensa con creces con esa mirada asesina tan de pocos amigos que se puede colar hasta lo más profundo de tus pesadillas. El científico del Siglo XXI es un cincuentón rapado fabricando cristal azul dentro de un camper  abandonado  en la inmensidad del desierto.


Sea la cara de Einstein o la de Heisenberg,  el científico es por definición un tipo que no es de este planeta. El suyo es -parafraseando al compositor mexicano José Alfredo Jiménez-  un mundo raro. Un universo hermético poblado por microscopios, probetas, tubos de ensayo e incomprensibles jeroglíficos que se diluyen entre coloridos vapores tóxicos. Los científicos son tipos que se hablan de tú con las bacterias y llevan la Tabla Periódica de los Elementos tatuada en lo más profundo de la memoria; personajes capaces de descifrar el acertijo de una desconocida molécula embrionaria que parece hacerles señales desde el microscopio, pero que a menudo no tienen interés en comunicarse con los simples mortales y su empírico mundo.

Un científico rompe el cliché       

 

El tipo que está parado frente a mí en la sala de abordar del aeropuerto de Los Mochis no se parece a Einstein ni al doctor Brown y  mucho menos a Walter White. No tiene el pelo blanco;  tampoco tiene cara de demente ni refleja hostilidad alguna. En realidad tiene sonrisa de niño curioso y aspecto de estar relajado. Viste camiseta, jeans,  lleva una pequeña mochila y sonríe. Es un tipo que podría parecer el primo simpático capaz de sacar de la manga un buen chiste inesperado para alegrar la comida familiar. Su pelo es negro,  rizado y su cara redonda está enmarcada por una tupida barba de candado. Es el tipo de cabellera a la que se le podrían hacer unas rastas fenomenales si se lo dejara crecer y evitara lavárselo.   Es moreno, ancho, tirándole a cachetón  y por alguna razón su mirada inspira confianza. Vaya, digamos que es la persona con la que te tomarías una heladísima cerveza en una tarde de sábado mientras asas la carne o fríes los choros y platicarías de futbol o de alguna mujer guapa entre chascarrillos compulsivos y uno que otro albur. Lo que no imaginarías es que los ojos de esa persona han pasado cientos o acaso miles de horas descifrando un universo a través del microscopio. Tampoco imaginas que mientras tú le mientas la madre a la aerolínea por diseñar asientos para gnomos y no regalar ni un miserable cacahuate, él está pensando en bacterias capaces de regenerar tejidos necrosados  que podrían cambiar la vida a millones de diabéticos en todo el mundo.

El hombre sonríe y me saluda. Ambos venimos retornando de presentar nuestros respectivos trabajos en la Feria del Libro de Los Mochis, ciudad agrícola ubicada en el corazón del Valle del Fuerte, al norte de Sinaloa.  Ambos viajamos rumbo a Tijuana. Aparenta ser una persona de este mundo, pero sus pensamientos viven inmersos en la exploración de una microscópica realidad paralela. Se llama Roberto Vázquez Muñoz, es presidente de la Asociación de Biólogos de Ensenada y del grupo Scire  (empresa ensenadense de divulgación y capacitación científica, tecnológica y ambiental)  y ha entregado su vida entera a la ciencia. Tiene una maestría en Ciencias de la vida y microbiología y actualmente estudia un doctorado en Física de los materiales.  Las materias en las que es considerado un experto son bionanotecnología médica, biología molecular, micología y microbiología. También es profesor y forma a jóvenes biólogos impartiendo las materias de nanociencias  y nanotecnología. Participa en proyectos de investigación en bionanotecnología aplicada, en el Centro de Nanociencias y Nanotecnología de la UNAM y en el Grupo de Nanoplata. Entre los proyectos de investigación destaca la aplicación y evaluación de los nanomateriales en diferentes áreas, que  van desde  la veterinaria, hasta la salud humana.

Es, en esencia, un personaje que habla un lenguaje en el que soy un ignorante absoluto y que me resulta tan comprensible como un proverbio de Confucio escrito en mandarín antiguo. Su idioma se basa en conceptos como nanómetros o nanobots.  Lo increíble es que al comenzar  a platicar en la sala de abordar, Roberto  logra bajar su mundo al mío, en donde se habla una jerga de empírico humanismo que nada sabe de ciencias exactas. La mejor noticia es que nos aguarda un hora y media de vuelo para charlar.

 

Llevar la ciencia a los niños

Quizá la mayor virtud de Roberto Vázquez es su vocación por compartir los elevados conocimientos que domina y su capacidad  de sacar a pasear a la ciencia más allá del hermético laboratorio con el único fin de hacerla comprensible al común de los mortales. La investigación científica no tiene sentido alguno si permanece secuestrada en un pequeño círculo cerrado de grandes iniciados. Roberto considera que la ciencia puede ser  adoptada como parte de la vida cotidiana. Un auditorio ante el que se mueve como pez en el agua son los niños,  ante quienes habla de nanotecnología como quien cuenta el último episodio de la caricatura de moda.


De hecho, la razón por la que viajó a la Feria de Los Mochis, fue para presentar su libro Del Mundo Dino al Mundo Nano,  que escribió  en coautoría con sus colegas científicos Marisol Romo, Isabel Pérez y Noboru Takeuchi. La obra fue  ilustrada por el creativo Israel Cruz, quien dibuja a los virus como zombies y explica la descomposición de las luces monocromáticas con un dibujo que evoca  la portada del Dark Side of the Moon de Pink Floyd. Al estilo de los mejores thrillers, Del Mundo Dino al Mundo Nano  plantea una serie de enigmas que deben ser resueltos por un heterogéneo  grupo conformado  por la Doctora Dina Saura, un pequeño llamado Beto,  su tío Pepe y un perro llamado Cara de Pelota que un día cualquiera  hallan en el jardín unos huesos gigantes cuyo origen desconocen. Mientras intentan resolver el misterio, toparán en el camino con pulpos imitadores  y virus fantasmagóricos que alternan en la odisea con una serie de ejercicios prácticos que van desde crear un fósil a fabricar una brújula.
El Mundo Dino es el de los grandes reptiles, los seres vivos más descomunales que han existido sobre la Tierra, mientras que el Mundo Nano es el de los átomos y las moléculas. Nano es un prefijo griego que indica una medida (10-9 = 0,000 000 001), no un objeto. El microscópico Mundo Nano puede ser el futuro de la humanidad, pues al menos en los campos de la biotecnología y la medicina ha desarrollado exitosamente cerca de 5 mil diferentes productos en la las últimas dos décadas proporcionando herramientas que han generado avances significativos  en el tratamiento de diversos padecimientos  neurodegenerativos, autoinmunes y cardiovasculares.


“Imagínate que se pudiera fabricar un virus que sea benéfico,  que pueda, por ejemplo,  transportar un medicamento hasta células enfermas y liberarlo ahí para curarlas. Eso haría más fácil el tratamiento de enfermedades que ahora son difíciles de curar”, le dice a Beto la Doctora Dina Sauria. Muy acorde con la moda que tanto fascina a los niños, Beto contempla a los virus como zombies, pues la doctora le ha explicado que son un poderoso organismo en el límite entre lo vivo y lo no vivo.
Además de pasar largas horas en el laboratorio observando bacterias que pueden tener efectos benéficos, Roberto Vázquez dedica mucho de su tiempo a visitar escuelas para hablar de ciencia con los niños y suele ir a dar charlas a las comunidades más apartadas. Junto con el doctor Noburu Takeuchi impulsa el grupo Ciencia Pumita, cuyo objetivo es la divulgación científica entre niños de secundarias, generando material didáctico accesible y comprensible para quien no sabe nada del tema. Con el doctor Takeuchi surgió la idea de crear el libro Del Mundo Dino al Mundo Nano, editado por la Editorial Resistencia en coordinación con la Universidad Nacional Autónoma de México y por Ciencia Pumita. Sin embargo sus proyectos no acaban ahí, pues la idea es poder traducir su trabajo a ocho lenguas indígenas. Por lo pronto, ya han concluido la traducción al mixteco, el náhuatl y el mixe. Ahora están en la labor de traducir su obra al zapoteco, el hñahñu y el maya.


Roberto derrocha emoción cuando describe a  los  niños su universo nano. Imaginen una apartada escuela rural en una comunidad del sur profundo ensenadense. Ensenada es el municipio más extenso de México y en su zona suroeste se ubica unos de los valles agrícolas más fértiles de México, San Quintín, donde más del 85% de los trabajadores son migrantes itinerantes pertenecientes a etnias oaxaqueñas, principalmente mixtecos,  aunque hay también un importante núcleo triqui.  Aunque el suelo es rico, los valles del gran sur ensenandense constituyen una de las zonas de mayor pobreza en Baja California. El trabajo infantil, la elevada deserción escolar a causa de las migraciones y las duras condiciones de vida, dan como resultado que para un pequeño mixteco que crece en los campos de pepino o calabaza, haya nulas oportunidades de entrar en contacto con el conocimiento científico.
Una mañana cualquiera,  los pequeños hijos de los jornaleros agrícolas reciben en su humilde aula a un apasionado hombre de ciencia que revela ante ellos un universo extraño. Un universo omnipresente, que está en todas partes y que sin embargo no somos capaces de observar.  Roberto les  explica que en el mundo hay más bacterias que cualquier otro tipo de ser vivo;  que algunas de ellas producen oxígeno y pueden convertirse en nuestros aliados a través de alimentos como el yogurt, los quesos y la mantequilla, mientras que otras permiten el reciclaje de material orgánico. La charla va saltando de las células vegetales y la fotosíntesis a los campos electromagnéticos. Utilizando un corcho de vino, un imán de refrigerador, un pequeño recipiente con agua y una aguja, Roberto les enseña ahí mismo a fabricar una brújula. Después les sugiere provocar un arcoíris en una habitación oscura, para lo cual utiliza un recipiente grande lleno de agua, un espejo plano de tocador y una linterna potente. La curiosidad  se refleja en las caras de los niños. Algo está cambiando en sus vidas. Un mundo desconocido está naciendo ante sus ojos.


También en Mochis lo han llevado a charlar a escuelas. En Mochicahui, en el municipio de El Fuerte, se encuentra la Universidad Autónoma Indígena en donde su intervención  es un éxito. Tan querido es entre el público mochiteco, que ni siquiera es necesario que algún funcionario cultural del municipio lo lleve al aeropuerto. Los asistentes a su charla le ofrecen el aventón con tal de poder ir platicando con él en el camino.


Aunque durante la charla en el avión no se lo digo, pienso que el mensaje de Roberto es similar al de Walter White en Breaking Bad. Dejando de lado el tema de la mafia y la eliminación de rivales, Heisenberg suele dar frecuentes demostraciones de la manera en que la ciencia puede convertirse en tu mejor aliado y salvarte la vida en situaciones de riesgo. Lo mismo le permite generar explosiones con mercurio que fabricar una batería de carro en medio del desierto.


Roberto siempre lo tuvo más o menos claro, pues desde niño soñó con ser científico, aunque también soñaba con ser escritor y le llamaba la atención la vida militar. De hecho, antes de estudiar medicina fue cadete en la Heroica Escuela Naval Militar en Antón Lizardo,  Veracruz, donde permaneció más de dos años y medio. Sus ojos miraban al Golfo de México y la inmensidad del mar lo llamaba. Imaginó su vida en la proa de un barco, desafiando tempestades y avistando islas en el horizonte, sin imaginar entonces que el avistamiento de bacterias en el microscopio puede ser tan o más apasionante que desafiar al océano.


En su adolescencia también escribió algunas historias de ciencia ficción y misticismo. Le gustaba leer  Ray Bradbury e Isaac Asimov e imaginaba mundos posibles allende las galaxias, universos postapocalípticos en donde surgirían nuevas formas de vida.  Es posible imaginárselo con su uniforme de cadete, tras una larga jornada bajo el sol veracruzano, garabateando un cuento en su cuaderno en donde va tomando forma alguna ignota dimensión. El texto escrito con pluma azul sobre hoja cuadriculada  tiene algunas tachaduras e incontables parches. Al final el joven cierra su cuaderno y sus historias de ficción permanecen dentro del limbo donde yace la literatura nonata. Su pensamiento ha cambiado mucho desde entonces. En aquellas historias había cierta vocación mística, pero hoy a Roberto le ha quedado claro que la única deidad es la ciencia. Sus héroes son Galileo, Copérnico, Darwin y todos aquellos que en nombre del conocimiento científico desafiaron la tiranía de la superstición  y la ignorancia.  Le he dicho  que en lo personal desearía poder leer algún cuento suyo, aunque él me ha aclarado que permanecerán guardadas en su cajón, pues no piensa publicarlas. Tal vez algún día cambie de opinión.

Los experimentos  de Roberto no se limitan a las combinaciones moleculares observadas a través del microscopio. Hace unos minutos entré a su Facebook y me he enterado que su último experimento exitoso ha sido la preparación de una mantarraya con salsa de mango y durazno al chipotle acompañada de un arroz marinero con verduras. Al menos en la foto se ve deliciosa.
De hecho, entrar a su red social puede ser una gran aventura. Un día puede uno toparse con  frases como “la mente clara y la cerveza oscura”, pero cualquier tarde de zapping facebookero es posible encontrar un post en donde se afirma que “el microscopio electrónico de barrido (SEM) utiliza electrones de alta energía para generar una variedad de señales en la superficie de las muestras sólidas, lo que permite formar imágenes. Las señales derivadas de las interacciones electrón-muestra  proporcionan información sobre su superficie, composición química, estructura, entre otras”.


Un día Roberto puede hablar de tomarse un rico vinito blanco en una primaveral tarde de sábado ensenadense, pero al otro nos encontraremos con algunas teorías que no son precisamente las manejadas por un usuario promedio, o al menos no he conocido mucha gente que escriba que  “típicamente, el haz de electrones se produce al calentar un filamento metálico (W o LaB6) y tiene una energía que va desde 0.2 keV y 40 keV. Se enfoca por medio de lentes condensadores magnéticos. Cuando el haz de electrones primarios interactúa con la muestra, los electrones pierden energía, lo que provoca la emisión de electrones secundarios, entre otros, que pueden ser detectados y utilizados para crear imágenes.

 

Un mundo pequeño e infinito

La ciencia, sostiene Roberto, no es algo que simplemente se estudia por cultura general o para enriquecer los conocimientos. Es algo que tiene efectos y beneficios directos en la vida diaria y que poca gente sabe. A menudo se mira a la ciencia como algo distante cuando en realidad está presente en los más improbables aspectos de la vida cotidiana.
El gran padrino de la nanotecnología es Richard Feynman, Premio Nobel de Física en 1965. Tal vez el mantra máximo de los nanotecnólogos sea el que tituló a la ponencia presentada por Feynman en 1959 en el Instituto Tecnológico de California: There’s plenty of room at the bottom  (En el fondo hay espacio de sobra).  La ponencia de este Premio Nobel  (que puede leerse íntegra en http://www.zyvex.com/nanotech/feynman.html ) es el cimiento fundacional de la nanotecnología con la que Roberto Vázquez  experimenta  mirando al Pacífico desde su laboratorio en Ensenada.


“En el mundo de lo muy pequeño muchas cosas pueden aún suceder, pues los átomos se comportan de manera distinta a como se comportan los cuerpos a mayor escala. Si nos metemos en el fondo y jugueteamos con los átomos allá abajo,  se pueden hacer cosas realmente impensadas”, afirma Feynman en su discurso. La consigna de la nanotecnología  es poder manipular y controlar objetos a muy pequeña escala y utilizarlos para lograr beneficios  que pueden ser de lo más diversos. El átomo es el principio y el fondo de todo y  los principios generales de la física no niegan ni contradicen la posibilidad de manipular y colocar átomos a placer. A nivel atómico aparecen nuevos tipos de fuerzas, nuevas posibilidades, nuevos efectos.


Mientras el avión va surcando los cielos sonorenses, Roberto Vázquez me lleva con su charla a través del mundo pequeño. La nanotecnología es algo que puede tener efectos y aplicaciones en muy diversos campos. Lo tradicional es hablar de bioquímica y biología molecular, pero lo cierto es que el mundo pequeño de Feynman tiene efectos en temas que van desde la producción y la conversión de energía a la producción agrícola o el tratamiento y la purificación del agua. Puede ser aplicada para combatir la contaminación atmosférica, controlar plagas, desarrollar nuevos fármacos o procesar y envasar  alimentos.


Roberto Vázquez tiene plena fe en su mundo nano. A menudo, me dice,  la superchería o  el desconocimiento dan  lugar a ideas preconcebidas e infundadas. Por ejemplo, existe una tendencia a identificar los transgénicos como algo sumamente perjudicial para la salud, cuando lo cierto es que la manipulación molecular de un alimento puede mejorar muchísimo su calidad. La nanotecnología pude ser una respuesta y una alternativa para combatir  la desnutrición en el mundo, asegura el científico, mientras la palabra desnutrición me recuerda que la  aerolínea en la que viajamos tiene como consigna provocar la hambruna entre sus pasajeros.


Hay una serie de prejuicios que se sostienen como verdades absolutas sin tener ninguna base científica, me dice Roberto cuando las azafatas ordenan apagar teléfonos celulares ante la inminencia del aterrizaje. Alza los hombros, mueve la cabeza y finalmente pone una cara de resignación, consciente de que en ese momento no va a ponerse a debatir con una sobrecargo y explicarle que  no hay ninguna evidencia ni antecedente para sostener con argumentos científicos que se puede tener un accidente por haber muchos teléfonos celulares prendidos, sin embargo las costumbres se hacen leyes, afirma. Con el tema de los alimentos manipulados sucede algo similar. Se ha creado un discurso que los sataniza cuando lo cierto es que la ciencia puede producir alimentos más completos y ricos en fuentes de energía.  Es muy complicado combatir contra los lugares comunes e ideas prefabricadas,  afirma Roberto. A veces en la radio y en la tele se escuchan aberraciones, locutores haciendo un pésimo uso de terminología científica o sosteniendo supercherías como si fueran verdades absolutas.


La nanotecnología es tan vasta y sus beneficios son tan diversos, afirma Roberto, que puede incidir positivamente en la industria del vino,  por ejemplo. En algunas regiones vitivinícolas del mundo, como los valles de Mendoza en Argentina o La Rioja en España,  ya se han emprendido proyectos para explorar la aplicación de nanopartículas  en enología y valorar el  potencial de utilización de las mismas como agentes antimicrobianos, como alternativa para reemplazar el empleo de los sulfitos durante la elaboración del vino. El problema es que si uno se pone hablar del uso de nanotecnología en el vino,  de inmediato saldrá algún ignorante a vociferar en contra y a decir que eso es sinónimo de contaminar el producto, dice Roberto con la aparente resignación de quien deberá navegar a contracorriente en un río de supersticiones e ideas preconcebidas.  La gente a menudo opina o prejuzga sobre lo que no conoce y desarrolla temores infundados. De ahí la importancia de acercarse a las ciencias, afirma.
No he pretendido entrevistar a Roberto y ni siquiera he tomado un solo apunte de lo que me dice, pero su charla es tan envolvente, que mi mente está absorbiendo como grabadora.  Esa charla de avión me está impactando. Dado que me tocó ver a mi abuela sentada en una silla de ruedas,  padeciendo los efectos de una diabetes particularmente agresiva que le destruyó la vida, no puedo dejar de sentirme impresionado cuando Roberto me habla de moléculas capaces de acelerar la formación de nuevos tejidos en las extremidades inferiores de pacientes diabéticos que presentan úlceras o necrosis. De repente, una pierna cuyo aspecto era morado o negruzco por la gangrena empieza poco a poco a recuperar su color. No es magia ni brujería sino el poder de los microorganismos actuando sobre el tejido, regenerando la piel muerta. El estudio de las bacterias no deja de arrojar resultados sorprendentes. Un pie diabético condenado a la amputación puede ser salvado por la acción de los microorganismos de la misma forma que la manipulación de las moléculas puede provocar que un solo alimento incremente sus nutrientes, sostiene el científico. Para entonces ya hemos aterrizado en Tijuana y las azafatas nos han dado licencia para encender los teléfonos celulares. Roberto enciende el suyo y sonríe. Las azafatas respiran tranquilas. Sin duda creen que su orden terminante de apagar los aparatos ha salvado a la aeronave de convertirse en una antorcha volante.

 

El cuarto de juegos de un niño grande


“Ser científico es como ser un niño grande con permiso para explorar el universo y tener juguetes muy sofisticados”, afirma Roberto Vázquez, cuya emoción reflejada en la mirada a la hora de hablar de nanopartículas, es idéntica a la que un pequeño hablando del nuevo juguete que acaban de regalarle en la Navidad.


La fisonomía y el fenotipo suelen jugar algunas bromas. Cuando una barba negra y tupida cubre su rostro, la expresión de Roberto puede parecer grave y de pocos amigos. Es fácil imaginarlo con un turbante y un traje de beduino montado sobre un camello o como un personaje de Aladino que vende alfombras mágicas en el mercado del antiguo Bagdad.


Sin embargo, aún entre la oscuridad de la barba, basta que sonría un poco para delatarse como un tipo de lo más alegre. Cuando se rasura y en las fotos aparece con el rostro lampiño entonces ya no queda duda: Roberto Vázquez es, en efecto, un niño grande y curioso que nunca deja de divertirse.

El  cuarto de juegos donde este niño grande tiene sus sofisticados juguetes,  está diseñado para contemplar un mundo en miniatura. Basta mirar por las ventanas o salir a tomar aire fuera del laboratorio para perderse en la inmensidad del Pacífico, contemplado desde la privilegiada perspectiva  que se tiene en la colina donde se ubica el Cicese. Frente a él se despliega la inmensidad del cielo y el mar unidos en el horizonte, pero a la hora de colocar la mirada en uno de sus “juguetitos”, lo que se despliega ante sus ojos es otro mundo, tan inmenso y fascinante como el océano, con la diferencia que es un mundo inexplorado del que aún se sabe poco.

 La medida con la que trabajan los investigadores como Roberto es el nanómetro, que representa la millonésima parte de un milímetro.  Sus “juguetes” le permiten contemplar este universo liliputense y aunque se requiere entrenamiento y ojo experto para poder ver a través de uno de los carísimos microscopios que utiliza, Roberto lo sigue haciéndolo con la alegría y la curiosidad con que un pequeño de seis años armaría una estructura de legos. “Intenta que el niño que fuiste nunca se avergüence del adulto que eres”, es una frase que le gusta a este científico, cuya vida estaba destinada a los barcos de la Marina Mexicana y no a los laboratorios.


 De cualquier manera, el mundo pequeñito que explora Roberto depara tantos misterios y sorpresas como una selva virgen inexplorada o un abismo oceánico.  Para poder ver a simple vista una nanoestructura, tendríamos que ampliarla más de 10 millones de veces. Lo fascinante de este mundo, es que  cuando se manipula la materia a la escala tan minúscula de átomos y moléculas, es posible dar con  fenómenos y reacciones totalmente nuevas.


Roberto detesta la superchería mojigata y la ignorancia esparcida en nombre de la fe religiosa y no puede creer que aún con el gran kilometraje científico que lleva recorrido la humanidad, haya  personas que le apuesten a la brujería y crean en peroratas incapaces de resistir la más elemental confrontación con una idea lógica o racional. Aborrece a los psíquicos, videntes y merolicos de sectas diversas que peroran en la tele  milagros e intervenciones divinas.


“Los locutores que hablan de ciencia deberían de consultar a los expertos y documentarse antes de agarrar el micrófono.  Esta mañana escuché a uno decir una horrible serie de barbaridades sobre las células madre. Mezclaba charlatanería con ciencia ficción y no tenía ni la menor idea de lo que es una célula, mucho menos de la medicina”, expresa molesto.


La perorata de un comentarista de radio en contra de las vacunas lo ha hecho enfurecer recientemente. “¡Qué horror! Escucho a Nacho Beamonte en la 92.9 FM sólo para descubrir que es muy ignorante en temas de ciencia. Es un anti-vacunas y las critica  como a todos los fármacos sin entender en lo más mínimo temas de biología, química y física. Mal interpreta a la cuántica y la usa como herramienta contra las vacunas. Un ejemplo de porque no se le debe soltar un micrófono a ignorantes”, afirma Roberto. No conviene hablar de ciencia a la ligera frente a él, o uno corre el riesgo de quedar expuesto en su idiocia.


Uno de sus pasatiempos favoritos es hacer chistes sobre la charlatanería y la ignorancia, sobre teorías de conspiración y avistamiento de ovnis.

“La frase  de los ufólogos, "cazafantasmas", teólogos, videntes y otros charlatanes similares podría ser: “lo más bonito de investigar el misterio es que siga siendo misterio... que es el juego del tío Lolo, que se hace tonto solo”.

El periodismo ha dado la espalda a la ciencia

Cuando me despido de Roberto en el área de llegadas del aeropuerto de Tijuana, me quedo pensando en ese ignoto mundo en permanente ebullición del que me ha hablado. Un mundo del que los reporteros solemos pasar de largo, aún sabiendo que muchas de las más radicales transformaciones de la humanidad en los últimos dos siglos se han gestado a través del microscopio. Hemos desparramado océanos de tinta para escribir sobre estériles grillas políticas y hemos dado cobertura excesiva a redundantes circos cuya predecible historia puede ser escrita con machote, sin embargo no hemos dado  espacio a la ciencia. En el caso de los periodistas bajacalifornianos,  es por desidia pura o simple falta de imaginación, no por ausencia de fuentes. Ensenada es la ciudad mexicana con más científicos por habitante y pese a ello debo admitir con vergüenza que en una década trabajando en periódico Frontera, solamente fui tres veces al Cicese para entrevistar a científicos para algún reportaje. Alguna vez escribí sobre las razones por las que las langostas de Puerto Nuevo son traídas de Yucatán y otra vez hice un reportaje sobre las posibilidades reales de ser afectados por un tsunami en Baja California.  Alguna vez escribí sobre aguas moradas de reuso y un montón de veces escribí sobre la contaminación en las playas, pero nunca en diez años se me ocurrió indagar sobre un laboratorio bajacaliforniano donde se hicieran experimentos para mejorar los vinos o regenerar pies ulcerados.


El periodismo le ha dado la espalda a la ciencia y yo como reportero me confieso cómplice de esa desafortunada inercia.  Lo común es que en las redacciones no haya un solo colega que tenga asignadas fuentes científicas. Las poquísimas notas que muy de vez en cuando  se publican sobre ciencia, son generalmente de agencia, generadas en otro país y manejadas  a menudo como curiosidad en alguna página interior. En una entidad que está llena de profesionales de la ciencia, a veces pasan semanas o meses sin que se publique información científica en los medios locales. Si no hay convocatoria de por medio,  los reporteros ni por casualidad se acercan a hablar con los científicos y la  gente de ciencia no suele tener voceros ni tampoco es que inunden los correos con boletines o agendas de actividades.


Preciso es también aclarar que no son pocos los científicos  que desconfían de las intenciones del periodista. Un oceanógrafo del Cicese me dijo que los reporteros interpretamos y distorsionamos a placer la información, confundiendo términos y manejando irresponsablemente datos y cifras. A veces hacemos afirmaciones aberrantes que ponen en evidencia nuestra rampante ignorancia. Los reporteros debemos ser todólogos, es cierto, pero el periodismo científico requiere cierto nivel de especialización. El oceanógrafo en cuestión había quedado curado de espanto cuando un reportero local lo entrevistó sobre la presencia de escualos en aguas bajacalifornianas y le preguntó si es que era posible hallar tiburones blancos frente a nuestras costas. El oceanógrafo respondió que era posible, más no frecuente y al día siguiente se encontró en primera plana con una nota alarmista sobre tiburones asesinos  devoradores de bañistas en las playas de Ensenada. Desde entonces dejó de dar entrevistas.
La otra cara de la moneda es la de los científicos que se improvisan como periodistas. Hace un par de semanas encontré un ejemplar de la revista Especies cuyo reportaje de portada trata sobre una reserva de jaguares en los alrededores del Río Yaqui en Sonora. A menudo estereotipamos al jaguar como un felino de junglas pantanosas y la idea de encontrarlos en un clima árido como el sonorense me pareció fascinante.  El problema fue que al leer el reportaje me quedó muy claro que el texto no fue escrito por alguien con buen kilometraje como redactor. Un tema en verdad interesante naufragó  por la ausencia de un enfoque noticioso y una buena redacción periodística. Especies  es una revista hecha por zoólogos y biólogos que sin duda son expertos en su materia, pero que no parecen ser muy duchos a la hora de atrapar lectores. Un redactor con experiencia no le vendría mal a esa publicación. Lo dicho: científicos y periodistas deben perderse la desconfianza y convertirse en aliados.


Pese a todo,  el periodismo científico vive y aunque es un ave rara, en algunos países goza de buena salud. Existe la Federación Mundial de Periodistas Científicos (WFSJ, por sus siglas en inglés) que constantemente está publicando artículos, noticias y tips para reporteros especializados.  Existe también un Servicio de Información y Noticias Científicas (http://www.agenciasinc.es/)  cuyo lema es “la ciencia es noticia”.  El Centro Knight para el Periodismo en las Américas publicó siete consejos  prácticos para crear buenas notas científicas y publicarlas de manera atractiva los medios de comunicación. (https://knightcenter.utexas.edu/es/blog/00-14010-7-tips-del-periodismo-cientifico-para-encontrar-buenas-notas)
“Construir narrativas en el periodismo científico puede ser difícil, laborioso y demorado. Muchas veces los temas son áridos, los textos científicos herméticos y las investigaciones poco accesibles. Para facilitar la penetración de los descubrimientos científicos en los medios, muchas universidades y revistas científicas técnicas envían periódicamente avisos con ideas para reportajes que facilitan la vida del periodista. Esa ayuda, sin embargo, puede causar también un efecto perverso: la homogenización de las notas científicas”, sostiene la periodista Isabela Fraga.


Tras un dar un vistazo a la red a vuelo de pájaro, concluyo que si un reportero quiere especializarse en cobertura de temas científicos,  cuenta con alternativas suficientes para ser retroalimentado y alcanzar cierto nivel de profesionalización en su labor. El problema es encontrar un medio que le dé el tiempo y el espacio para dedicarse de lleno a la cobertura de temas científicos, pues la idea preconcebida de jefes de información o directivos, es que la ciencia no vende ni es noticia y por lo tanto no vale la pena perder mucho tiempo en ella.


El año pasado, por ejemplo, se celebró en Mérida  el Primer Seminario Iberoamericano de Periodismo de Ciencia, Tecnología e Innovación organizado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt)


Para Enrique Cabrero, titular del Conacyt,  la ciencia y el periodismo no deberían estar tan alejados, pues en realidad  tienen más cosas en común de lo que se podría suponer. En primer término porque la ciencia es noticia y la noticia es la materia prima del periodismo. 


“El periodista y el científico observan y describen hechos, cuestionan su naturaleza, indagan sus causas, exploran consecuencias y persiguen la veracidad. Ciertamente, tienen metodologías y lenguajes distintos, pero los profesionales de ambas áreas del conocimiento recurren en algún momento a su intuición, experiencia y ‘olfato’ para averiguar la realidad detrás de las apariencias”, dijo Cabrero al inaugurar el seminario.


“El científico aplica diversas metodologías, métodos y técnicas probadas durante siglos con las que construye teorías en el rigor del razonamiento lógico matemático y su contrastación con la realidad. El periodista finca su acción en su actualización constante de los hechos de interés público, en la investigación documental, en la diversidad de fuentes y versiones, en estar presente en el lugar de la noticia y su desarrollo”, agregó Cabrero.


Para  Javier Flores, reportero especializado en ciencia del Diario La Jornada, la información científica es perfectamente compatible con la nota diaria. La idea común es creer que el periodismo científico se limita a publicaciones especializadas o a información manejada de manera extraordinaria por los periódicos, cuando lo ideal sería que la ciencia formara parte del cuerpo de notas que un lector encuentra cada mañana.


“El periodismo científico queda a menudo  confinado a los suplementos o revistas semanales o mensuales, lo cual no está mal, pero en lo personal yo siempre he pugnado porque los lectores reciban a la ciencia como parte del cuerpo de los diarios, junto a la cultura, los deportes, la nota roja”, sostiene Flores.


Tal vez el periodista científico más célebre en el mundo sea el británico Tim Radford, responsable de la amplia sección de Ciencia del diario The Guardian de Manchester, posiblemente el medio impreso que mayor cobertura da a temas científicos en el orbe.
Tim, quien lleva casi 33 años escribiendo notas y reportajes científicos,  no se anda con rodeos y señala que al no hablar e informar sobre ciencia “estamos cometiendo un crimen”.  El veterano reportero afirma  que aún no entiende cómo es que en el mundo se destina tanto espacio al deporte espectáculo o a la farándula, mientras que a la ciencia se le concede una mínima o nula atención siendo que un descubrimiento puede tener efectos directos en nuestra vida.


Yo tampoco entiendo cómo es que los reporteros tijuanenses podemos dedicar páginas y páginas a una gira presidencial de media hora con un discurso prefabricado e insustancial que omitió los grandes temas que afectan a la frontera. Tampoco entiendo que las mutuas acusaciones entre dos juniors que cobran como  funcionarios municipales en el Ayuntamiento de Tijuana, hayan robado planas y planas cuando la única certeza es que ambos son unos corruptos y  ni siquiera son seres  interesantes como para contar su historia. Cuesta trabajo admitir que si la nanotecnología aplicada logra revolucionar la industria del vino en la entidad, lo más probable es que veremos algunas notas breves y no exentas de errores en la terminología. A veces duele comprobar las dimensiones de la descomunal piedra de Sísifo que los reporteros empujamos cuesta arriba.  

 

La ignota cartografía del mundo nano

Después de un partido reñido y bien jugado, algunos futbolistas suelen intercambiar sus camisetas sudadas.  Después de una feria libresca con excelente convocatoria y un vuelo de regreso con una charla más que amena, lo único que resta hacer a dos escritores bajacalifornianos  es intercambiarse libros. Yo recibo de Roberto un Mundo Nano  y a cambio le dejo un Réquiem por Gutenberg. Mientras camino a casa, pienso que mis dilemas y obsesiones en torno a la muerte de la letra impresa, la extinción de las librerías y la transformación de los géneros literarios en una suerte de aforismos tuiteros con mala ortografía,  son nada frente a los temas torales de la humanidad. La escritura tiene apenas cinco mil años si empezamos a contar desde Sumeria y la imprenta acaba de cumplir cinco siglos y medio. Las bacterias, en cambio, estaban aquí millones de años antes del Homo Sapiens y seguirán estando cuando no haya más vida humana en la Tierra.  Pienso a menudo en al acta de defunción de la novela, en los mil y un cuentos que no he publicado, en que Marlowe era Shakespeare y en que Bolaño en realidad no es tan sobrevalorado como pensé en un principio. Pienso en que me hubiera gustado platicar más con Federico Campbell y en que Mario Santiago Papasquiaro se pudría en la morgue sin nadie que lo identificara mientras a Octavio Paz le celebraban funerales de estado.
Pienso en eso y escribo en el aire comienzos de historias que nunca termino, pero ninguno de estos desvaríos podrá salvar una pierna de ser amputada ni mejorará la calidad de los vinos bajacalifornianos. Tampoco sembrará en un hijo de jornaleros mixtecos  la duda y la curiosidad por descubrir un pequeño mundo oculto. La charla con Roberto me ha hecho recordar ciertos pasajes de Las partículas elementales y La posibilidad de una isla de Houellebecq y pienso que si siguiera platicando con el presidente de la Asociación de Biólogos de Ensenada, necesariamente me inspiraría para parir un híbrido houellebecquiano, porque houellebecquiana me resulta la supremacía de las bacterias y omnipotencia de los microorganismos que son amos y señores de nuestras vidas. Las partículas elementales narra la historia de Michel Djezinski, una suerte de anacoreta de la ciencia, un biólogo que hace de su carrera un apostolado convencido de que sus descubrimientos generarán la más radical mutación metafísica en la humanidad. Por cierto,  una de las mayores influencias de Michel, es La parte y el todo,  la autobiografía científica de Werner Heisenberg, el personaje que inspiró el apodo de Walter White en Breaking Bad. Roberto puede parecerse a Djezinski en la manera en que se apasiona por la ciencia y en su fe en el poder transformador de la manipulación molecular, aunque a diferencia del personaje Houellebecq que está solo en el mundo, el científico ensenadense es un hombre de familia al que fascinan los niños y las pequeñas alegrías que reserva la vida cotidiana de un papá cualquiera. En La posibilidad de una isla, Houellebecq describe un mundo futuro en donde los seres vivos se clonan hasta el infinito en busca de la vida eterna, sólo para acabar perdidos en su abismo ontológico. Al momento de escribir estas palabras, pienso que no le pregunté a Roberto si es lector de Houellebecq. Casi podría apostar doble contra sencillo a que lo ha leído y si aún no lo ha hecho, hay altas posibilidades de que le interese.
Con todo, pienso que aunque esas hordas de bacterias se encargarán de biodegradarnos y retornarnos al polvo que siempre hemos sido,  bien vale un brindis saber que  el cerebro humano puede someterlas y convertirlas en aliadas para operar a nuestro favor. Al final de cuentas, esas irreductibles tropas de microorganismos han acabado por trabajar para el hombre.
También pienso que en un mundo enteramente cartografiado por Google Maps,  al que en apariencia no le resta un solo rincón sin descubrir, es una delicia que aún sobrevivan  horizontes no explorados. La ignota cartografía del mundo nano es el equivalente a esos océanos abismales poblados de sirenas y monstruos;  islas habitadas por cíclopes y tierras incógnitas que poblaban las alucinaciones de los marinos en las noches de tormenta. Si en el Planeta Tierra toda superficie ha sido ya fotografiada y está sometida al lente de una omnipresente cámara deidad, en esa realidad paralela  del mundo nano hay aún demasiados reinos ocultos por explorar y acaso sus futuros exploradores sean algunos de esos niños a los que Roberto se ha encargado de dejar sembrada una semillita de duda y curiosidad.


DSB-26  de mayo de 2015- 19:29- Hacienda del Mar

 

 

 

 

 

 

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