El problema del comienzo
Alejandro Espinoza

El problema del comienzo es que puede suceder en cualquier parte. Y en cualquier momento, circunstancia o situación, ante cualquier estado de ánimo o frente a cualquier obstáculo. Pensamos que no pero sí, pensamos que el comienzo tiene que tener ese “algo” que tienen los comienzos y que nos ayudan a detectarlos como tales. Dotamos de importancia una milésima de segundo de nuestro tiempo y le otorgamos un comienzo. “Sentimos” que estamos en el comienzo de algo “significativo” en nuestras vidas. Y luego seguimos viviendo.

El comienzo es el momento en que decimos “ya”. Siempre sucede. Es un aquí y ahora que nos acompaña siempre que queremos, pues, iniciar algo. Solemos decirnos “ya” en aquellos momentos que lo ameritan, ya sea por motivos internos, ahí donde despierta en nosotros la necesidad de comenzar algo. Una dieta un cambio sustancial en nuestros hábitos acumulados un nuevo espacio de conocimiento una nueva manera de pensar de sentir, una nueva etapa en nuestras vidas. Pero en realidad, si no fuéramos tan exigentes con las vicisitudes del tiempo, si no estuviéramos tan obsesionados con el significado de las cosas que nos ocurren, el comienzo puede ocurrir en cualquier lugar, en cualquier situación. Podemos decir “ya” en medio de un supermercado, cuando comenzamos a adentrarnos en uno de los pasillos. Decir “ya” mientras manejamos en nuestros carros, cuando esperamos que el semáforo se ponga en verde, o simplemente, cuando cruzamos el umbral de un semáforo, esté en verde o no. Podemos decir “ya” justo cuando terminamos de ponernos los pantalones, cuando estamos frente a un plato de comida, frente a un amigo, amante, persona de autoridad, programa de televisión. Podemos decirnos “ya” cuando hacemos “clic” y el cursor de la computadora nos lleva a otro sitio, cuando borramos a una persona de nuestra lista de contactos. O decir “ya” simplemente cuando caminamos. No debe ser después de un número determinado de pasos, no debe ocurrir en nuestras mentes un momento de claridad o de sensibilidad estética ante algo, no debe ocurrir un choque o un espectáculo enorme o sencillo frente a nosotros. Podemos estar caminando sin un sentido definido y decir, así como así, “Ya”. Y comenzamos.

Claro, el gran comienzo para nosotros es el nacimiento. Pero nadie se acuerda realmente de ello. Habrá quienes dirán que sí, que recuerdan el alumbramiento inicial. Pero muy probablemente se están mintiendo a sí mismos. Esto de los comienzos lo heredamos de la visión judeocristiana del mundo. Creo que ahí comenzó nuestra obsesión por narrar nuestro tiempo. El gran comienzo es el año cero de nuestra era, cuando Jesús nació. Puedo imaginar la escena…

María estaba con sus piernas extendidas y alzadas en dos montículos de paja. Sus gritos eran descomunales (digo, tuvo que pasar el shock de estar embarazada sin solicitarlo, y creo que eso es más que suficiente como para dar el grito en el cielo, sobre todo si no atravesó con José esa otra gran experiencia de comienzos –y términos—llamada sexo) aferraba sus dientes en las orillas de un manto que se encontraron en el establo, dos que tres animales observaban la escena desconcertados. José estaba afuera, fumando un cigarro (o cualquier hábito ridículo que hayan tenido en aquel entonces y que probablemente hacía decir a las personas, “el día de mañana será el día en que comenzaré a dejar este hábito ridículo. Pudo haber sido comer rábanos, no lo sabemos), platicando con la noche, nervioso, atento a los alaridos de su mujer. De pronto, las estrellas se alinean, el universo adquiere otro matiz en el continuo espacio-temporal y ¡sácatelas! Nace Jesús. No hubieron comenzado sus primeros llantos, que de la nada surgieron un grupo de escritores anónimos que registran los grandes sucesos, se acercaron a ver a la pobre María derrochando lágrimas y escribieron en sus papiros “YA”. Y así comenzó el tiempo.

(Ahora que recuerdo, la visión judeocristiana también nos otorgó la idea de la luz como el comienzo de los comienzos. Creo que de ahí viene que relacionamos ese estado del tiempo con un momento de claridad. Pero es efímero, si no es que arbitrario, una manera que los narradores del tiempo occidental consideraron viable para marcar inicios)

El problema del comienzo es su perpetuidad. Se comienza, siempre. Habrán distintos tipos de comienzos, habrán distintos “ímpetus” que generarán la necesidad de comenzar (de cero) (desde el principio), pero han sido tantas las veces que queremos comenzar algo, que en realidad no sabemos qué tan sustancial son los cambios que suscita la demarcación de un espacio de tiempo dotado de “iniciación”. ¿Cuántas veces hemos comenzado? ¿Cuán arbitrarias han sido las demarcaciones de esos comienzos? ¿Por qué siempre sometemos los lunes al escrutinio del comienzo? ¿Por qué para las dos de la tarde de cada uno de esos lunes, ese comienzo tan significativo comienza a perder su lustre, su capacidad iluminadora, y estamos frente a la situación a cambiar, y no cambiamos? Volvemos a estar frente a las uñas que nos comemos, volvemos a estar frente al cigarro que nos vamos a fumar, volvemos a estar frente a la página en blanco, decidiéndonos qué enunciado dará entrada a una nueva historia, volvemos a estar frente a la persona que no hace mucho decidimos no volver a ver, volvemos a estar frente al carro polveado, la dona cubierta de chocolate, el ataque de histeria, el trabajo mal organizado, la pérdida de interés ante algo, la cicatriz del recuerdo acechándonos como si fuera una herida nueva.

Y comenzamos de nuevo. O nos olvidamos por completo del asunto y proseguimos con la vida como si fuera cualquier cosa.

Probablemente, tenemos esa necesidad de comenzar porque la razón nos exige narrarnos a nosotros mismos. Es ese “ya” del que estoy hablando. Le damos un origen al sentido que tendrán nuestras acciones inmediatamente futuras, y decimos “aquí es donde comienza todo”. Es nuestro momento de claridad, nuestro “y en el comienzo todo fue luz”. Identificamos el comienzo sin saber cuál será el desenlace. Nos situamos como personajes de nuestra historia e inscribimos nuestro breve relato. Lo visualizamos como eterno, o por lo menos, no reconocemos cuándo dejará de suceder. Hay momentos cruciales que, como esos momentos cruciales de las historias, los llenamos de significados; a veces en el momento en que suceden, a veces en retrospectiva (si alguien ha tenido un accidente automovilístico, esa sensación se produce dos veces: en el momento justo del accidente, y luego cuando te devuelves a tu pasado y le das tu propio año cero al momento que tuviste dicho accidente), siempre en momentos de silencio y meditación sobre tus propios actos. Te ausentas de ti mismo por unos segundos, y te ves desde lejos, como personaje, y valoras, reflexionas, analizas los actos y consecuencias que esa persona atravesó en alguna parte de su vida. Los comienzos pueden ser finales pueden ser comienzos. El problema del comienzo es que viene acompañado de un perpetuo recomienzo. Porque en realidad, nunca comenzamos, propiamente hablando, y siempre recomenzamos. Nos volvemos a poner de pie por las mañanas. Volvemos a besar esa mejilla que nos inspira, volvemos a bañarnos con el mismo método de remojado-enjabonado-enjuagado-secado, volvemos a tomar el mismo camión que nos lleva al mismo lugar. Volvemos a ver el mismo episodio del sitcom de nuestras vidas, volvemos a comer el mismo platillo en el mismo lugar, volvemos a abrir otra botella más de la misma cerveza, volvemos a ver los mismos escaparates en las tiendas, volvemos a escoger el mismo tipo de fruta y verdura en el supermercado, volvemos a ver a nuestros familiares y amigos, volvemos a abrir los mismos libros con las mismas historias que comienzan y recomienzan y muchas veces nunca terminan; volvemos a ver los mismos horizontes, volvemos a correr las mismas distancias, a escuchar las mismas canciones que evocan sentimientos muy variados, recomenzamos nuestra historia de amar y ser amados; volvemos a vernos en el mismo espejo, volvemos a comenzar cuando nos vemos frente a frente y nos decimos “Ya”.

El problema del comienzo es que podemos terminar de comenzar cuando nosotros queramos. Y eso es demasiada libertad.

 

 

 

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